Las maravillas de la educación, o la educación en el país de las maravillas…

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Hace unos meses me invitaron a dar talleres de creación literaria y fomento a la lectura en algunas tenencias de Morelia. Dichos talleres estaban dirigidos a chicos de secundaria que rara vez abrían un libro, o más específicamente, que rara vez habían tenido contacto con alguno que no fuera de texto, ya fuera por una precaria situación económica o por simple desinterés. Asistí con ánimo y disposición, sabiendo de antemano que la situación no resultaría favorable por las condiciones sociales-económicas-culturales de los jóvenes, y sobre todo porque sé desde hace tiempo que la lectura no es una cosa que “enamore” al alumno de inmediato: la lectura no es más que una pérdida de tiempo, una que merece sólo media hora al día, según los medios de comunicación.

Impartí la primera clase y poco después, la noche anterior a dar la segunda, recibí una llamada en la que los directivos me informaron que no requerían más de mis servicios. Al pedir una explicación, arguyeron que cancelaban porque “había puesto a jugar a los alumnos” (hice una sopa de letras con adjetivos y verbos; usé globos para recordar palabras clave, y otros pecados más), y peor aún: “no seguía buenos métodos de enseñanza ni respetaba los clásicos”. Mi pregunta ante esto es ¿qué se entiende por un “buen” método, y quién, además, tiene la capacidad moral e intelectual de definirlo?

Los eufemismos que utilizaron para suspenderme me parecieron por demás absurdos. El subtexto de sus aseveraciones fue conciso y sumamente contundente: el conocimiento y la adquisición de éste son una cosa seria, y es imposible concebir que la letra no entre con sangre y con amargura. Pienso esto igual que recuerdo a muchos exprofesores que, con la mano aferrada a la oreja de un adole(s)cente, corrían a los compañeros por no saber o no entender, más que por no estar interesados en la clase. Pienso, también, en todos aquellos que preferían dejar un dictado, dedicar el semestre a exposiciones, utilizar el cañón como único “buen método de enseñanza”, y recuerdo aquellos que no iban a clases, que sólo sabían pedir un resumen, o te pasaban sólo si les dabas dinero, una botella de alcohol, o les “mostrabas” el cuerpo -tristísimos pero verídicos casos-.[1]

El sistema educativo y lo que lo constituye está mal. Ya lo diría Lisa Simpson al rebelarse frente a su profesora: el maldito sistema está mal. Y es que el mismo sistema es el que se está encargando de destruir la educación. Se prefiere en las escuelas a profesores-nana que se encarguen de mantener quietos a los alumnos desde los cuatro a los veintitantos años, si es que éstos no se empecinan en realizar una maestría, doctorado o postdoctorado, y terminan por alimentar el círculo que los expulsó, convirtiéndose en profesores de tiempo completo. El sistema y el conformismo educativo abogan por aparentar un discurso bello en la forma, pero vacío en el contenido: luchan por conseguir maestros carentes de conciencia y empatía con el entorno, conductores que antes de bajarse del automóvil que no saben manejar, pisan el acelerador sin importarles qué o quién se les ponga en el camino. El único interés es llegar rápido, lo más pronto que se pueda, a la quincena y la jubilación. Y no hay ningún remordimiento en ello.

La educación, ya en el siglo veintiuno, sigue siendo una maravilla. Pareciera que como sociedad nos complace anunciar, con bombo y platillo, claro, que nuestra educación de antaño, la de los reglazos, el dictado y las infinitas exposiciones, es la única capaz de respetarse, la única con validez oficial, y es imposible que aparezca un profesor joven que busque nuevas formas de enseñar la literatura, por ejemplo.

Pensar en vetar a alguien con ideas diferentes, que tiene el único afán de que los alumnos socialicen los temas y aprehendan los conocimientos con base en ejemplos prácticos, me parece más que un absurdo. Si el estudiante no interactúa con sus compañeros, no empatiza ni se siente identificado con la verborrea expulsada por el profesor, será difícil que adquiera o desarrolle la capacidad de cuestionarse. Pensémoslo. ¿Qué hay de malo en que un chico haga sus propias conexiones mentales y relacione a Platón, el gran filósofo griego, con la hora de la comida? Y hablando de los griegos, ¿no eran ellos quienes pasaban los días conversando, cuestionándose la existencia en medio del barullo, lejos de las “planas” y las cartulinas con letra grande, porque-si-no-no-se-lee?

Los maestros y los directivos deberíamos ser los primeros en reaccionar contra el sistema que nos apabulla. Los alumnos y la sociedad esperan de nosotros que, al igual que los independentistas y revolucionarios que tanto mencionamos, seamos los primeros en defender 1) el derecho a la educación, y 2) el derecho a una educación de calidad. Sin embargo, con descaro y por comodidad, nos detenemos enfrente del problema menor: el profesor que busca sacar a los alumnos del amodorramiento que los ha caracterizado durante años, y también, cómo no, hacemos oídos sordos ante el joven que, con más ambición de la esperada, se atreve a levantarse de su banco, frío y duro cual clase a las siete de la mañana, para salir del salón e iniciar su propia búsqueda, una que no está en la conjugación del verbo to be, ni en la memoria, al dedillo, de las fórmulas matemáticas. Al final, acelerar el auto nos parece más importante.

[1] De los buenos profesores también me acuerdo, pero pongo esta nota al pie porque, evidentemente, merecen un lugar especial y privilegiado. Sin ellos, estos balbuceos no serían posibles.

 

***Texto publicado en Revista Archipiélago de Canteras, #28, verano de 2017.

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Severiana, o el turismo literario

Cuando somos niños es complicado que viajemos solos. Por lo general nuestros padres nos llevan con ellos para todos lados: viajamos en coche, en transporte público o en autobús, siempre asidos de la mano de alguien mayor, que de algún modo coarta nuestra independencia en un afán de protegernos del ruido de allá afuera, de las ciudades monstruo y la sociedad misma. Esto pasa no sólo en la realidad, sino también en la ficción. Claro ejemplo de ello es Severiana, novela juvenil del mexicano Ricardo Chávez Castañeda.

Severiana es una utopía. Una isla a la que llega un grupo de amigos para protegerse de la catástrofe que azota la ciudad en la que viven. Son niños que utilizan los libros como un puente para comunicarse en un espacio seguro: el de las páginas. Cuando la realidad los apabulla y el ánimo decae, descubren que sumergiéndose en las palabras son capaces de encontrarse, siempre y cuando lean el mismo libro, la misma página, el mismo párrafo e igual línea. Se encuentran, así, en un constante ir y venir por el papel, y sortean los mismos caminos que personajes de Harry Potter o Las crónicas de Narnia.

Es difícil que un niño viaje solo, es cierto. Eso lo saben los personajes de esta novela, en la que el miedo los ha petrificado a todos. Por eso recorren la isla sin prisas pero con cautela, como debieran recorrerse todas las ciudades a las que viajamos: siempre alertas y disfrutando como la primera vez.

Crecer no significa que debamos dejar de ilusionarnos con la lectura por concentrarnos en el viaje. Al contrario. ¿Qué hay mejor que acomodarse en el asiento y sacar de la maleta aquel libro que ha sido nuestro acompañante durante semanas? Los libros, como nuestra familia, están ahí, fielmente a nuestro lado, a pesar de que no siempre nos descubramos hojeándolos. ¿Quién sino un viajero-lector se llena de la mayor dicha cuando lee la última página un par de kilómetros antes de llegar a su destino?

Con Severiana Ricardo Chávez nos invita a explorar, a no permitir que nadie –ni los niños desaparecidos, ni los seres más malvados, ni una urbe en decadencia- se interponga en nuestro camino, impidiéndonos con ello hacer lo que deseamos: movernos, ser libres, viajar en las palabras, la imaginación o los autobuses.

 

**Texto publicado en el Suplemento INNBUS, en abril de 2017

Entre lo terrorífico y lo fantástico: Horacio Quiroga

La vida de Horacio Quiroga bien podría ser uno de sus cuentos. Esa es la idea que nos meten en la cabeza cuando apenas vamos a acercarnos al autor uruguayo, o al menos así pasó conmigo, y ahora vengo a repetir la historia: conocí “La gallina degollada” cuando estaba en preparatoria, gracias a mi profesor de taller literario, y a ella siguieron “El almohadón de plumas”, “El hombre muerto” —uno de mis favoritos, a la fecha—, “A la deriva” y otros que se hallaban principalmente en Cuentos de la selva. Me llamaba la atención, desde ese entonces, la capacidad de un autor de explotar a sus personajes, de hacerlos sufrir en un ambiente que a todas luces les resultaba desfavorable, y la ausencia de temor, el escribir sin resquemores una situación en la que cualquiera podría estar, y hacerlo con una naturalidad inaudita. Fue por eso que luego de conocerlo comencé a recomendarlo en charlas con amigos, en talleres, y acepto que en alguna de aquellas ocasiones tuve que recurrir a cuestiones biográficas más que a la capacidad narrativa de Quiroga, con el afán de que otros lectores lo conocieran, y efectivamente, no me avergüenzo de presentar así a un autor que vale la pena.

Horacio Quiroga bien podría ser uno de sus personajes. Y aunque parezca presuntuoso, lugar común, si se quiere, dicha aseveración tiene la cualidad de ser terriblemente cierta: bien podría considerársele uno más de los protagonistas de Cuentos de amor de locura y de muerte, con toda esa vida —¿o la ausencia de?— inmersa en la tragedia. Tanto en el plano real como en el ficcional, Horacio es el rey de los hechos siniestros. Es sabido por la mayoría de sus lectores que el escritor se vio rodeado por la muerte de sus seres queridos, y el dolor y el desconsuelo no se alejaron de él como pareja, como amigo, como padre y como individuo. En todos los estratos pareciera que la miseria tiene un problema personal con Quiroga, y en el ámbito literario no hay ninguna excepción; será por eso que a pesar de los años, y la aparente “simplicidad” de su obra, el uruguayo destaca como una de las mejores voces latinoamericanas, y como autor a recomendar para aquellos lectores interesados en la literatura de sufrimiento y desgarre, con tintes fantásticos y llenos de crudeza.

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Cuentos de amor de locura y de muerte es el libro que pone en la mira a Quiroga y la fatalidad. Formado en un inicio por dieciocho cuentos, fue modificado tiempo después de su publicación, y las historias se redujeron a quince —“Los ojos sombríos”, “El perro rabioso” y “El infierno artificial” son los relatos ausentes en las ediciones posteriores—, aunque no por ello se vio afectada la calidad del libro. Las historias de Quiroga deambulan entre lo terrorífico y lo fantástico de una manera magistral, al igual que ocurre en la literatura de Edgar Allan Poe, uno de sus maestros. Sin embargo, la forma en que cada uno desarrolla sus historias más que a unirlos tiende a separarlos: Poe, el maestro del horror, imbuye al lector en un ambiente caótico y escalofriante desde las primeras líneas, mientras que Quiroga, por el contrario, narra con un tono pausado, calculado, que de poco en poco presenta un resquebrajamiento: su literatura es como una cuarteadura en la pared, que comienza pequeña pero se expande de manera acelerada hasta que todo termina por romperse.

Como ejemplo de lo anterior puede verse “La gallina degollada”, uno de los cuentos que menos pasan desapercibidos debido a su extraordinaria manera de ser contado, pero además porque en él permanece latente la sensación de angustia, que explota por completo en uno de los párrafos finales. Este relato es el puro ejemplo del estilo sencillo pero crudo de Horacio Quiroga, quien nos cuenta la vida de una pareja deseosa de tener un hijo, y cuando consigue procrear, el pequeño enferma y pasa a convertirse en un imbécil, como lo serán también tres hermanos que vendrán después de él. La excepción, sin embargo, luego de los mutuos reproches de los padres, y el abandono a los cuatro hijos enfermos y débiles mentales, será una quinta hija en la que recaerán las atenciones de los padres y la servidumbre, aunque también de alguien que devolverá la fatalidad a la familia.

Los personajes de Quiroga intentan siempre mantener la esperanza de algo. En “Una estación de amor” descubrimos a un par de enamorados que por causas ajenas no pueden estar juntos. Ambos, pasado un tiempo, siguen interesados en formalizar su relación, aun a costa de sus padres: el padre de él es explícito en informarle que no aceptará un matrimonio con esa mujer, y la madre de ella vive y acepta la relación de su hija por un tremendo anhelo de riqueza económica. Éste y el cuento mencionado anterior dan cuenta de los tres tópicos por los que deambula el libro. En las dos historias hay sendos amor, locura y muerte que logran la combinación perfecta para generar el drama que mantiene al lector expectante.

El toque característico de Horacio Quiroga es el medio en el que coloca a los personajes: Sus historias se ambientan mayormente en la selva, lugar al que hay que tenerle respeto, se viva en ella o no. La selva y la naturaleza serán sinónimo de aventura, de miedo y peligro en la mayoría de los cuentos, y aunado a ello en Cuentos de amor de locura y de muerte el lector se encontrará con el valor de los animales: En “A la deriva”, un hombre sufrirá una fatal mordedura de víbora; en “El almohadón de plumas” una mujer verá la muerte gracias a un extraño bicho; en “La insolación”, unos perros intentarán alejar de su amo lo inevitable para cualquier ser, y en “La miel silvestre” tendremos  ejemplos claros de cómo el hombre, a pesar de todos los esfuerzos por vivir en sociedad, por contener sus deseos, por mantenerse firme y sentirse superior, se verá supeditado a la naturaleza, al grado de mostrarnos cómo aun pasado el tiempo, la humanización de los animales es directamente proporcional a la brutalidad del hombre.

Todos los Cuentos de amor de locura y de muerte se verán empapados por esa sensación de fatalidad tan característica de Horacio Quiroga. Basta leer algunos para descubrir que no siempre las historias felices son las mejores, y que en mayor o menor escala, la muerte, la tragedia saldrán ganando gracias a la maestría de una de las ya clásicas plumas latinoamericanas: la del hombre que entre el sufrimiento y la demencia se dio el lujo de poner punto final a su vida.

 

**Reseña publicada en Diario Provincia de Michoacán, el 26 de febrero de 2017

De trabajos

Por cuestiones laborales me ha sido imposible mantener entradas regulares en el blog. Me encuentro haciendo bastantes cosas a la vez, todas relacionadas con la literatura, y que espero en un futuro no muy lejano “puedan darme algo”. Esta nota la escribo a manera de disculpa por si alguien me está siguiendo única y exclusivamente por el proyecto Adopta una autora. Juro solemnemente ponerme al tanto en estos días, antes de marzo, claro, para presentarles más de la obra de Guadalupe Nettel.

 

Mientras tanto, les comento que tampoco he avanzado en la lectura de “La muerte del padre”, de Karl Ove Knausgard, el noruego que ocuparía el número 9 de mis libros del año. Me parece bastante cómico que trabajar en cosas de literatura me impida hacer mis lecturas por placer, pero finalmente uno debe seguir, a pasos lentos si se quiere, pero seguir, seguir, seguir.

** El día lunes les comparto una reseña de “Cuentos de amor de locura y de muerte” que se publicará el domingo en un diario de mi ciudad. Hasta entonces.

 

 

Guadalupe Nettel. #AdoptaUnaAutora

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Hace unos cinco años, cuando inicié como lectora “formal” tomé la decisión de no leer ningún texto escrito por alguna mujer, sin haber tenido una recomendación sincera de amigos, profesores o un lector de mi confianza total. Sé que lo que escribo suena bastante ridículo, y más si sale de mí, de una mujer que se dedica a escribir. Pero ya les explicaré la razón:

A VECES UNO ES MUY ESTÚPIDO.

Finalmente, las cosas no son siempre como las planeas, así que algo, no sé bien qué, poco a poco fue haciendo que cambiara mi cerrazón a la literatura escrita por mujeres, y me aventurara en una búsqueda ardua de autoras que pudiera leer y releer con todo el placer que existe en el acto. Así fue como en un descuido me encontré con Guadalupe Nettel,(México, 1973). Digo en un descuido, porque conseguí la antología “Bogotá 39” en una librería, luego de un voluntariado que consistía en etiquetar y acomodar títulos que me eran desconocidos. Pensé de inmediato en abrirla para revisar la parte de Álvaro Bisama, un chileno que, como se dice coloquialmente, “la estaba rompiendo”, y fue al quererme acercar a las nuevas voces latinoamericanas cuando me hallé de frente con Guadalupe Nettel, y a manera de biografía un fragmento de su novela “El cuerpo en que nací”.

Pasaron unos dos años para que en mi camino coincidiera de nueva cuenta. Ya había revisado a otras autoras, o al menos fui conociendo más  de nombre: Carson McCullers, Wendy Guerra, Valeria Luiselli, Sandra Cisneros, George Eliot, Samanta Schweblin, Mariana Orantes, Wislawa Szymborska, Alejandra Pizarnik, Milena Agus, y muchas, muchas otras, pero no me era suficiente. Había algo que no satisfacía por completo mi hambre lectora, los intereses literarios de ese entonces. Fue en ese tiempo que me (re) presentaron a Nettel: Platicando con una amiga, me habló sobre su libro “Pétalos y otras historias incómodas”, publicado por Anagrama. Cuando oí el tema de los cuentos me pareció increíble: Historias fuertes, concretas, jugando con la idea de las obsesiones, y además con unas atmósferas a las que no les faltaba nada, más que un montón de lectores. ¿Sería mucha belleza?

Con el temor y la desconfianza que siempre cargo en el regazo, no quise arriesgarme a comprar el libro. Mi amiga, abofeteándome, en una siguiente reunión lo sacó de su bolso y me lo prestó, no sin antes escupirme el consabido “te lo encargo mucho”. Nada más llegar a casa empecé a leer las historias y me dejé envolver por la prosa tan limpia y poética de Guadalupe Nettel.

En “Pétalos y otras historias incómodas” nos encontramos con personajes obsesos, que por más que lo intenten no pueden reprimir sus filias. Una serie de inadaptados sociales que retratan párpados o buscan a mujeres por medio de los orines, cual si fueran flores. Son seis relatos (Ptosis, Transpersiana, Bonsái, Pétalos, El otro lado del muelle, Bezoar) en los que vemos desfilar, por orden de aparición:

  1. A un fotógrafo, prendado por la ptosis de una mujer, misma a la que insta no corrija, porque ese párpado de más es su mayor atractivo.
  2. Un observador que se entretiene con un teatro de sombras.
  3. Una pareja incompatible, un espejismo entre lo humano y lo vegetal, que nos habla de lo difícil que es aceptarse y reconocerse pasado un tiempo.
  4. Un hombre que recorre la ciudad, los escusados  y las bragas por medio del olfato.
  5. Una chica intentando huir de todo: olvidarse de su familia, su cuerpo, y la existencia.
  6. El día a día de una modelo que se halla en una clínica de desintoxicación, y es “fanática” de arrancar su cabello. (Tal vez la historia más dramática de las seis).

Quisiera decir tanto de esta autora, pero lo haré de poco en poco, para mantener en interés en el proyecto #AdoptaUnaAutora, mismo al que los invito se unan para compartir y conocer las voces que por una u otra razón no han sido escuchadas, leídas.

Guadalupe Nettel cambió mi concepción  de “literatura escrita por mujeres”, y con toda la intención del mundo -¿no esperan, acaso, eso los escritores?- se metió en mi cabeza, mis textos y mi librero. Agradezco, de verdad, autoras así, como ella, que al escribir son conscientes de lo que hacen, y capaces de decirlo de la forma precisa. Gracias, Guadalupe, por sacarme de mi sopor.

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“A pesar de mis diferentes personajes  y los distintos escenarios en los que sitúo mis historias, todo lo que he escrito hasta el momento han sido intentos por asimilarlo. La vista y la ceguera -física, intelectual, estética, afectiva- son temas que me obsesionan. Soy una monotemática que se empeña en ocultarlo a los ojos de los demás”. Guadalupe Nettel.

En: Bogotá 39, Retratos y autorretratos, Daniel Mordzinski, Almadía Editorial.

 

 

 

 

Corte de Lectura y 2017

Quiero compartir con ustedes una lista de todo lo que leí en 2016. No tuve una gran cantidad de lecturas, pero sí fue el año en que me encontré con nuevos autores y temas, con una calidad que me obliga a no quejarme. Este nuevo año, lo único que me he impuesto en cuanto al tema de libros son dos cosas: 1) Escribir más. 2) Leer más autoras.

Deseo que tengan un excelente inicio, desarrollo y fin de año, lleno de libros, buenas charlas, chocolate y tranquilidad.

  • “Mr. Gwyn”, Alessandro Baricco.
  • “El hombre lento”, J. M. Coetzee.
  • “Madame Bovary”, Gustave Flaubert.
  • “Clases de literatura”, Julio Cortázar.
  • “Léperas contra mocosos”, Francisco Hinojosa.
  • “Los olvidados de la Esperanza”, Ignacio Torres.
  • “Severiana”, Ricardo Chávez Castañeda.
  • “La ciudad de las palabras”, Alberto Manguel.
  • “Historias de cronopios y de famas”, Julio Cortázar.
  • “Mar negro”, Bernardo Esquinca.
  • “Extraños en un tren”, Patricia Highsmith.
  • “Los sordos”, Rodrigo Rey Rosa.
  • “Rojo Semidesierto”, Joel Flores.
  • “Se ha despertado el ave de mi corazón”, Leonel Lienlaf.
  • “Clase turista”, Héctor Carreto.
  • “Mecanismos de luz y otras iluminaciones”, Severino Salazar.
  • “Los sinsabores del verdadero policía”, Roberto Bolaño.
  • “La breve y maravillosa vida de Óscar Wao”, Junot Díaz.
  • “Jardín de cemento”, Ian McEwan.
  • “El matrimonio de los peces rojos”, Guadalupe Nettel.
  • “Los dones subterráneos”, Raúl Aníbal Sánchez.
  • “Huérfanos”, Mariana Orantes.
  • “Bonsái”, Alejandro Zambra.
  • “Conversaciones con un amigo”, Alberto Manguel.
  • “El peatón inmóvil”, Luigi Amara.
  • “Ropa interior”, Wendy Guerra”.
  • “Los juegos de la violencia”, Ricardo Chávez Castañeda.
  • “El desierto de los Tártaros”, Dino Buzzati.
  • “Cuentos con dos rostros”, Ricardo Piglia.
  • “El aprendizaje del escritor”, Jorge Luis Borges.
  • “Discursos de sobremesa”, Nicanor Parra.
  • “Pedazos”, Sergio Vicencio.
  • “Bartolomé”, Luis Miguel Estrada.
  • “Amniótico”, Alfredo Carrera.
  • “Frankenstein”, Mary Shelley.
  • “Fernanda y los mundos secretos”, Ricardo Chávez Castañeda.
  • “El teorema Katherine”, John Green.
  • “Voces de Chernóbil”, Svetlana Alexiévich.

Leer los horrores

img_1503Hace casi dos semanas comencé la lectura de “Voces de Chernóbil”, de Svetlana Alexiévich, sin imaginar que fuera a impactarme tanto. Es un libro que recomiendo, sí, porque es uno de esos que duelen, que a cada vuelta de página nos hace cuestionarnos dónde está la humanidad y dónde los sentimientos de la sociedad, de las personas en sí.

Más que un retrato del accidente y del reactor, Svetlana se esmera en dejar de manifiesto el dolor latente en cada uno de los testimonios de quienes vivieron Chernóbil, cómo pasan a ser “La generación Chernóbil”, y cómo terminan por enterrarlo todo, desde las patatas, los zapatos, los frascos de mermelada, las puertas, los becerros, sus cadáveres, sus llagas, hasta casas enteras, y lo que es más triste aún: la tierra misma.

Estoy a cien páginas de terminar el libro, porque de plano no lo puedo leer de largo, como si no ocurriera nada. Sufro con las esposas que curan las heridas de sus maridos, y también con los ancianos que se plantan en Chernóbil, donde siempre vivieron. Me duelen los profesores que relatan la debilidad de sus alumnos, y me hace temblar el hijo que se lleva la puerta sobre la cual veló a su padre. Me estremezco también con los soldados jóvenes que beben vodka para olvidar, y eso, todo eso, me impide dar vuelta a la página, dejar de humanizarme.